Cuándo dejamos morir a El Árbol de la Vida?

Por Javier Mejía

El Árbol era frondoso, tenía una fortaleza que le venia desde la raíz bastante sujeta a la tierra que lo hacía inquebrantable. Dos fuertes troncos lo sostenían y de éstos surgían innumerables ramas chispeantes de sedosas hojas que mostraban alegres movimientos. Colmado de pájaros, el Árbol generaba, casi siempre, un ambiente inquieto, amable y de felicidad. Cuando caía una tormenta con fuertes vientos se mostraba estoico y protegía a sus ramas y a sus hojas, mientras que las aves se refugiaban en las cercanías. Pero nada ni nadie lo doblegaba, Sus dos troncos, fuertemente enraizados, permitieron que en su parte más alta se edificara un hogar, y así pasaron décadas hasta que empezó a dar nuestras de fatiga y su debilitamiento le hizo mella. Parecía que nadie se daba cuenta, Todos suponían que el Árbol sería inmortal. Dejaron de ponerle agua, abono y hasta de conversar con él. Pero como suele ocurrir, el tiempo y los descuidos le empezaron a pasar factura. Poco a poco se dieron las muestras de amargura y las divisiones se volvían encarnizadamente brutales e incomprensibles. Los estragos comenzaron a dejarlo sin colorido, sin brillo y se le miraba triste. El hogar que construyeron sus dos grandes pilares se desmembró y los pájaros huyeron despavoridos. Los gusanos- azotadores surgieron por miles y devoraron lo construido a lo largo de al menos tres generaciones. Hoy todo es desolador, colmado de tristeza, despoblado y de una terrible amargura que hace un predominio de irreconciliables actitudes como para pensar en un resurgimiento de El Árbol de la Vida…

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